Raoul Vaneigem podría
pasar por ser un autor anómalo, especializado en nadar contra la corriente.
En realidad, sin embargo, se trata de otra cosa: Vaneigem sólo nada
contra-corriente porque la corriente que recorre es una bien distinta, que
comparte con la que el transcurso de los días nos presenta el caudal
y el curso, pero que discurre en un sentido inverso al de aquella: no hacia
la desembocadura y la muerte sino hacia las fuentes y el resurgir continuo
de la vida. Una corriente que no busca situarse por encima de nadie sino,
precisamente, que nadie pueda situarse por encima: un mundo de amos, pero
sin esclavos. Así, mientras que otros han apostado por lanzarse a
la corriente de la promoción personal y por la construcción
espectacular de una imagen de marca que les permitiese medrar de manera adecuada,
Vaneigem ha optado por el rechazo de la promoción en nombre del tiempo
y del goce, por el rechazo de la supervivencia y del universo mercantil en
nombre de la gratuidad, de la exuberancia y de la relación simbiótica
con una realidad entendida como manifestación continua de la vida.
Conviene, con
todo, no contribuir a mitificar lo que no puede ni quiere ser mitificado.
Vaneigem no es un “alma pura”, ni la suya puede ser incluida en un catálogo
de “vidas de santos”: la vida sólo puede ser vivida en las condiciones
en que ello se hace posible, y por eso, en las sociedades en las que domina
el espectáculo y la mercancía, sólo puede materializarse
como supervivencia. Vaneigem no sólo lo sabe, sino que ha distinguido
claramente, entre sus propios textos, aquellos que corresponderían
a un propósito de “investigación radical” y aquellos otros que,
cargados de erudición (algunos incluso firmados con seudónimo:
y esa es una más de las cosas que le separan de Debord, que en el
Panegírico se vanagloriaba de no haber utilizado
nunca ese recurso), responden a un impulso que podríamos llamar, en
sentido amplio, “alimenticio”. Hay, aún así, una enorme diferencia
entre sobrevivir cómodamente en los espacios que no pueden ser suprimidos
por mera exigencia biológica y hacerlo en una continua búsqueda
del intersticio por el que ese espacio biológico se torne potencia
germinal, rizomática proliferación de raíces-palanca
capaces de hacer saltar la superficie plana de la vida aparente. El texto
que tenemos entre las manos lo señala claramente: “por muy obligado
que pueda estar a trabajar para sobrevivir y, del mismo modo, a reaccionar
violentamente para defenderme, no se conseguirá que esté de
acuerdo ni con la virtud del trabajo ni con la legitimidad del talión.”
Nacido en Lessines
(Hainaut, Bélgica) en 1934, Vaneigem estudió filología
romana en la Universidad libre de Bruselas, y allí se licenció
en 1956 con una memoria sobre Lautréamont (que sólo fue aceptada
después de que fuesen “censurados” los “excesos” que contenía).
Profesor (1956-1964) de la “École normale” de Nivelles (posteriormente
lo sería en otros centros y trabajaría como redactor para diversas
publicaciones), en 1961 entra en contacto con Kottany, Bernstein, Debord,
y se integra en la Internacional Situacionista (I.S.), colaborando en su
revista e iniciando, con Trivialidades de base, una actividad teórica
y crítica que “nunca ha dejado de atribuirse como tarea única
el aniquilamiento de la organización social de supervivencia a favor
de la autogestión generalizada” (palabras del propio Vaneigem acerca
de la Internacional Situacionista en su “brindis a los obreros revolucionarios”,
de 1972 –entre las páginas 291 y 295 de la edición castellana
del Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones,
Barcelona, Anagrama, 1977-).
Tanto como La
sociedad del espectáculo de Debord, el Tratado del saber vivir
se convirtió pronto en uno de los elementos teórico-políticos
que articularon la mirada del 68 parisino, y Vaneigem pasó a ser uno
de los principales inspiradores de una corriente que, rompiendo con los moldes
escleróticos del pensamiento y de la acción de los partidos
y grupos de la izquierda proletaria, ponía en primer término
la necesidad de componer una nueva forma de vida, alejada de la espectacular
primacía de lo económico (y ello en todos los sentidos: primacía
del plusvalor para el capital, pero también primacía de la reivindicación
económica y del pensar económico entre los diversos partidos
obreros) que, poniendo la atención prioritaria en las necesidades
de una vida no sometida a constricciones sistémicas, permitiera el
desarrollo libre de la individualidad y, con él, la organización
de una forma de cooperación social sustentada en la autonomía
y en la autogestión generalizada: priorizar la vida y la necesidad
de acabar con las formas en que se articula la supervivencia, pues, como revolución
auténtica y, además, como única revolución en
sentido pleno, como afirmación de la autonomia y la libertad contra
todas las formas de la mediación. En 1970 (un par de años antes
de su disolución) Vaneigem abandona la I.S., pero no lo hace como
una rendición sino, precisamente, en calidad de reafirmación
de la validez y de la actualidad del mismo impulso revolucionario. Así,
mientras otros protagonistas de la radicalidad de los años 60 se entregan
a la derrota o se reintegran, de una manera más o menos consciente,
en el espectáculo, Vaneigem apuesta por la continuación del
mismo proyecto de vida y de pensamiento: no sólo porque se niegue
sistemáticamente a convertirse en un personaje en el mundillo mediático
(lo cual, por sí sólo, podría ser pura anécdota),
sino porque sus escritos, a partir de ese momento, se enfrentan a la tarea
de mostrar (mientras otros se empeñan en sobrevivir en la derrota)
hasta qué punto el mundo de la economía se desploma provocando
en su caída la de los miedos y las prohibiciones que sometían
la vida a los imperativos de la producción de plusvalor.
Así, el
Aviso a los vivos insiste en las mismas línea de
pensamiento que, después de la I.S., Vaneigem avanzó en El
libro de los placeres (1979) en un tono marcadamente polémico
y plagado de referencias críticas al activismo proletario que en la
década de los setenta fuera recorrido por los sectores más
radicales del izquierdismo. En realidad, podría decirse que el Aviso
a los vivos es una sistematización de lo que El libro de los
placeres planteaba desde la urgencia de la implicación en las
luchas en curso y en el marco de las polémicas que en ella se abrían
con una singular virulencia.
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Tierradenadie ediciones abre su colección de estudios
sobre la sociedad contemporánea con este texto de Raoul Vaneigem al
considerarlo uno de los más emblemáticos de entre cuantos se
han dedicado a un tipo de análisis orientado a la crítica y
a la acción (a la generación de efectos de distanciamiento
y disidencia): una elaboración plenamente original que, en su desarrollo,
evita caer en reducciones economicistas o en sectarismos de escuela, y que
invita (en presente y de manera gozosa) a la transformación continua
del mundo. El mundo de la economía y de la economización de
la vida (el mundo de la supervivencia, el mundo de la muerte) está
podrido y, pese a lo que sus profetas pretenden, es ahora más posible
que nunca acabar con él y dar forma a una organización de las
relaciones sociales en la que la primacía de la vida y del goce (de
la libertad constituyente, de la autogestión generalizada) sea la
única norma.
El Aviso a los vivos sobre
la muerte que los gobierna y la oportunidad de deshacerse de ella es
un texto que hace confluir las ciencias y las artes en una mirada común
que no es sólo una mirada desde y para el conocimiento sino una perspectiva
de vida que, por serlo, se hace más rica y variada y que, además,
se desarrolla como alternativa a otras formas tradicionales de la crítica.
El Aviso a los vivos...,
se sitúa en una posición arriesgada: alejado de las tradiciones
interpretativas más conocidas de la historia del pensamiento y apostada
en una tradición ajena a las formas dominantes de análisis,
esta obra enfrenta la totalidad de los problemas sociales (de la pedagogía
a la medicina, de la organización social al espectáculo cultural,
sin olvidar una reinterpretación completa de la historia humana) con
la intención de propiciar un cambio que haga verdaderamente humanas
las relaciones sociales. Se trata, ciertamente, de un libro cuya lectura
que no puede ser simple, pero la escritura en la que se apoya está
construida de tal forma que permite el acceso a individuos de muy diversa
procedencia, a los que propone formas de cooperación social claramente
diferentes de las conocidas.
Con la publicación de este libro en castellano, tierradenadie
ediciones, pretende contribuir a la transmisión de un pensamiento
cuya actualidad, más allá de las modas o los intereses coyunturales,
es manifiesta.
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